Patrimonio cultural  La Amazonía en los sótanos de los “palacios de los muertos”

Serie "Mirasawá".
Serie "Mirasawá". ©Moara Tupinambá

La revisión de colecciones brasileñas en museos alemanes es una oportunidad para debatir el racismo científico, que ha estructurado gran parte del conocimiento y del imaginario occidental sobre los bosques y su gente.

“Creo que el patio en donde jugamos es más grande que la ciudad. Uno solo se da cuenta de esto cuando se hace adulto. Uno se da cuenta de que el tamaño de las cosas se tiene que medir por la intimidad que uno tiene con las cosas. Hay que ser como lo que pasa con el amor”, escribió el poeta Manoel de Barros (1916-2014) en Memorias inventadas: la infancia. Para quienes crecieron con el bosque tropical más grande del mundo como su “patio”, trepar a los árboles es un juego tan común como nutritivo. En la inmensa diversidad del bosque, entre las favoritas de los niños y niñas amazónicos, destaca una palmera en particular: la del "açaí".

“Açaí” de origen tupi (yá-çai) significa “fruto que llora”. Lo que aparentemente podría ser una simple prosopopeya es, en realidad, uno de los conceptos claves dentro de la cosmovisión indígena: “Según mi abuelo, en el pasado, todas las aves, la caza, los árboles y las palmeras eran personas como nosotros en otra generación. Por eso respetamos la naturaleza”, afirmó Celino Forte, profundo conocedor del pueblo Karipuna, en el estado de Amapá, y una de las fuentes de inspiración para la publicación de Uasei, el libro del açaí conocimientos del pueblo Karipuna. El bosque es, por lo tanto, “pariente”, como afirma el arqueólogo indígena Carlos Augusto da Silva, apodado cariñosamente de “Tijolo” [ladrillo].

Mapeo de biomas

Conocida desde hace miles de años por las poblaciones indígenas en la producción del sabroso “vino de açaí”, esta especie de palmera se hizo conocida en Europa en 1824, cuando el botánico alemán Carl Friedrich Philipp von Martius (1794-1868) describió científicamente la especie en Historia naturalis palmarum: opus tripartitum (Historia natural de las palmeras, una obra en tres volúmenes), denominando el árbol de açaí como euterpe oleracea Martius (en referencia a Euterpe, musa de la mitología griega asociada a la música, cuyo nombre significa “la dadora de placeres”, y oleracea, término botánico en latín que indica una especie alimenticia).

Von Martius no solo creó la clasificación moderna de las palmeras, sino que también fue responsable de mapear los biomas brasileños y producir la monumental Flora brasiliensis, catalogando 22.767 especies, casi la mitad de todas las plantas conocidas por la ciencia hasta la fecha en el territorio brasileño (alrededor de 46.097 especies, lo que representa la diversidad de plantas más grande del mundo, el 43% de las cuales son endémicas).

Apropiación del conocimiento

Von Martius pasó toda su vida catalogando lo que recolectó en apenas tres años –de 1817 a 1820–, acompañado de otro bávaro, el naturalista alemán Johann Baptist von Spix (1781-1826). Después de recorrer más de 10 mil kilómetros y visitar las entonces capitanías de los estados de Río de Janeiro, Sao Paulo, Minas Gerais, Bahía, Piauí, Maranhão y Grão-Pará, los forasteros regresaron de Belém do Pará a Europa cargados con amplio material.

La impresionante hazaña solo fue posible gracias a la apropiación del conocimiento y del trabajo de los pueblos indígenas, que ya llevaban miles de años manejando este territorio, y al trabajo de los africanos esclavizados y sus descendientes. En otras palabras, los forasteros jamás habrían podido sobrevivir a semejante jornada y recolectar todo lo que recolectaron si no fuera por el conocimiento ancestral, la “cosmovisión” de los pueblos que viven en el bosque.

Martius y Spix se llevaron a Europea diarios de campo, diamantes de Minas Gerais, especies de la fauna y la flora, así como lo que llamaron “piezas vivas”, es decir, plantas, animales y cuatro indígenas: tres Miranha y un Juri. Solo dos de los jóvenes indígenas secuestrados sobrevivieron al viaje, quienes recibieron los nombres de “Isabela Miranha” y “Johannes Juri”. Ambos murieron menos de un año después de llegar a Múnich. Sus cuerpos, así como todo lo que se llevaron los naturalistas bávaros, permanecen en suelo europeo hasta la fecha.

Colecciones esparcidas en diferentes lugares

En 2014, João Paulo Lima Barreto (Tukano), antropólogo y profesor de la Universidad Federal de Amazonas, escribió un texto titulado Palacio de los muertos, en el que señala que “los objetos que se llevaron los europeos, especialmente las diademas, son como personas fallecidas. Esa casa que llaman museo, donde guardan las bahsa busa (las diademas) y otros artefactos indígenas, es una casa de muertos. El museo es un palacio de los muertos”. En agosto de 2024, durante la residencia del proyecto Cosmopercepciones del Bosque, en Múnich, se observaron una serie de objetos separados y fragmentados en museos alemanes, según las reglas de la ciencia occidental. Estaban esparcidos en diferentes lugares: en el Museo de los Cinco Continentes, en la Colección Botánica del Museo Herbarium MSB, en la Colección de Zoología de Baviera. “Sentí como si observara un cuerpo desmembrado, cuyas partes estaban guardadas en diferentes lugares”, afirmó Barreto.

Reparación histórica

Una propuesta pertinente sería promover intercambios entre museos y conocedores indígenas, con el objetivo de reconstruir conocimientos y artefactos y, así, ayudar a construir posibles modelos de “repatriación”, incluso a través de fotografías tridimensionales. “Esto permitiría a los expertos volver a ejercer sus funciones de guardianes del conocimiento, revitalizando sus tradiciones en sus tierras y aldeas. Los museos pueden desempeñar un papel vital en la reconstrucción de las historias y los conocimientos de los pueblos originarios, conectando el pasado con el presente y compartiendo este legado con el mundo”, sugiere Barreto.

La revisión de colecciones brasileñas en museos de Alemania supone una valiosa oportunidad para que se discuta el racismo científico y el epistemicidio, que ha estructurado gran parte del conocimiento y de la imaginación occidental acerca de los bosques y su gente. Se trata de un debate importante para la creación de futuras cooperaciones entre instituciones científicas y culturales, que apoyen a los pueblos indígenas en la salvaguardia de su patrimonio intangible y territorial, estructurando acciones para la conservación de la Amazonía y el Bosque Atlántico (al igual que planes de manejo de la biodiversidad de sus territorios en base a sus propias cosmovisiones y tecnologías de gestión).

Inteligencia ancestral y colectiva

La intimidad de los pueblos indígenas con este “bosque familiar” -para usar el concepto desarrollado por Silva (Tijolo)- es una inteligencia ancestral y colectiva, que resultó en la preservación de uno de los ecosistemas con mayor biodiversidad del mundo. Los estudios demuestran que el 60% de la Amazonía es antropogénica, es decir, es resultado del manejo indígena del bosque, la tierra, los ríos y el cosmos desde hace 12 mil años. Dicho manejo, explica Barreto, es parte de una mediación compleja, es decir, la “cosmopolítica” del bosque, en la que cada persona (y cada colectivo) se conecta con otros seres y con el territorio.

Dentro de esta “cosmopercepción”, el cuerpo “es un microcosmos, porque es una síntesis de todo lo que existe en el mundo terrestre, es decir, el cuerpo es una extensión de todo lo que existe, y todo lo que existe es una extensión del cuerpo. La ciencia trata el cuerpo como algo meramente biológico; los pueblos indígenas, no. Para nosotros, el cuerpo es la síntesis de todos estos elementos que nos rodean. Por lo tanto, cualquier desequilibrio provocado en esta relación circundante lo sentirá el cuerpo”, resume Barreto.

Es necesario que, desde los sótanos de los “palacios de los muertos”, se despierte la memoria para el mundo: es imprescindible que escuchemos a quienes íntimamente conocen, viven y luchan por el bosque y sus territorios. Para lograrlo, los museos y los gobiernos de Brasil y Alemania deben crear estrategias efectivas para una cooperación sistemática con los pueblos indígenas, ribereños y quilombolas, a fin de asegurar el futuro de quienes hoy juegan en los árboles de açaí.